El Proyecto Empatía Comprar el libro

Una novela de Carlos Fernández Gates

El Proyecto Empatía

Lo sentí. Al principio no pude describirlo exactamente. La sensación era extraña, atípica. Un malestar leve que comenzó a desarrollarse de forma lenta en una zona específica, de a pocos.

Era un ligero fastidio. Una dolencia menor que costaba identificar. Pero luego se percibió claramente como una punzada en la zona baja de la columna. No podía negarlo: me dolía.

Sin embargo, el dolor me daba un inmenso placer. Me concentré para asegurarme de que no me lo estaba imaginando, que la emoción no me estaba llevando a creer que lo que sentía era irreal. Intentaba pensar en otras cosas, recordar algunos episodios de mi vida, ubicarme en cualquier espacio que pudiera distraerme del momento. No obstante, esa sensación de hincón constante que no estaba dos minutos antes la notaba ahora de forma clara, vívida e ininterrumpida, en la espalda.

Lo habíamos conseguido: el proyecto había llegado a su meta.

Todo había comenzado con una palabra. Siempre que asistía a esos eventos corporativos donde se discuten nuevas formas de enfocar el desarrollo emocional, formas de tratar al personal en el trabajo, mecanismos de fortalecimiento de la cultura organizacional —entre otros lemas apacibles al oído— aparecía ese término: empatía.

En la mayoría de congresos, lo definían como la capacidad de identificarse con alguien a un nivel que permita compartir las sensaciones, sentimientos y/o realidades de otra persona; en términos generales, como la capacidad de comprender sensaciones ubicándose en la posición del otro.

La idea se me había ocurrido una noche, en uno de esos eventos glamorosos de bienestar integral que organizaba la corporación, promocionado con cientos de «me gusta» en LinkedIn, al que asistí para quedar bien con el equipo de recursos humanos de mi empresa. Como estaba allí de mala gana, empecé a preguntarme cómo podía realmente ser más empático con otras personas. La respuesta vino sola: solo si era capaz de sentir lo mismo. Sin lugar a dudas, si lograba percibirlo con la misma intensidad y en el mismo instante, podría comprenderla y promover ese concepto del que incontables veces se hablaba en esas charlas: la famosa empatía.

Nos había tomado un buen tiempo y muchos sacrificios realizar los análisis, ensayos, pruebas y múltiples estudios para que el proyecto alcanzara este punto. Gracias a mi carrera y a mi educación, había logrado desarrollar cierta habilidad creando innovaciones, pero también me había ayudado mucho poder aplicar la investigación a mi recorrido profesional. Puede sonar obvio, pero poner en práctica la teoría en ambientes de gran competencia permite desarrollar todo el conocimiento adquirido y, además, reforzar y confirmar lo aprendido.

Por supuesto, este proyecto no era un trabajo individual. Había contado con la ayuda de mis mejores amigos, que eran muy talentosos en temas que yo no dominaba y fueron sumándose a medida que avanzábamos. Ahora que había logrado confirmar que el dispositivo funcionaba, iban a ser las primeras personas que llamaría para celebrar, reírnos y planear ese futuro que algunas veces habíamos conversado, medio en serio, medio en broma.

Con un dispositivo de transmisión de información sensorial que permitiera transferir físicamente lo que sentía la persona a la que te conectabas, se podía afirmar que empatizabas con ella, que finalmente entendías sus emociones en tiempo real, con la misma intensidad y características.

Después de muchos meses de trabajo, de malas noches, de buscar tiempo entre semanas, de perseverar en el proyecto, de reforzar amistades con la gente más inteligente que conocía, ese dolor en la espalda marcaba un hito en el proyecto. Lo habíamos logrado.

Esa persona que estaba sentada a mi lado en la sala de ensayos ya no solo me podía transmitir verbalmente que tenía un dolor en la espalda y que se acentuaba cuando se reclinaba o flexionaba el torso en la silla. En ese mismo instante, por medio de los conectores de Akuela —luego explicaré el origen de este nombre—, yo podía recibir el mismo dolor. Una molestia idéntica me vinculaba, sin hacer ningún esfuerzo, con esa persona de una forma tan natural y espontánea como ningún otro ser vivo podría hacerlo en aquel momento. Si nos habíamos dispuesto a crear algo que ayudara a los individuos a conseguir empatizar entre ellos, Akuela lo permitía.

Lo habíamos conseguido y era un día excelente para celebrar.

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